Un constante amanecer, el sol no quiere salir, el cielo permanece en un gris de otoño, las miradas se vuelven frías; los rostros pálidos atraviesan los antiguos campos, hoy urbanizados. Como un proceso consecutivo, año tras año las hojas amarillas se dejan caer al piso, se escapan de los amarres que las atan a las ramas secas de los árboles; y ahí esta ese hombre que marca su huella con fuerza, que pisa el barro que formó la lluvia de la noche, que se torna un no vidente en el medio de la bruma que vuelve el camino difuso. En esa espesa neblina de un día cualquiera de un año perdido se enfrenta a otro cuerpo y queda frente a frente con el sexo opuesto. Juego audaz, coqueteo impertinente. Provocación. Cae la noche del día sin fin, el calor fue un ausente, el hombre se asoma al balcón, enciende un cigarrillo, siente el viento en su cara, se congela el tiempo y recuerda…recuerda vagamente ese encuentro, lo analiza, inventa un mundo, un probable futuro, se plantea que hacer, se pregunta si fue casualidad o causalidad, y cuando al fin se desprende la ultima ceniza, se lamenta por tonto y exclama al obsoleto vacío: sueños, solo sueños son.
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